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Blog aragonés de pensamiento anticolonial

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Reivindicar la Corona de Aragón. ¿Fake o posverdad?

Ya hace un mes largo de este artículo de reflexión sobre la Corona de Aragón como concepto histórico o reactualización política. Como no soy de lo inmediato, lo dejamos por aquí a modo de repositorio. Tal vez, alguna despistada, lea con interés estas líneas de provocación de nuestro vetusto imaginario colectivo.

Artículo en Lagor.

Artículo en AraInfo.

Mapa de 1854. Explica tantas cosas…

Ni amo, ni patrón, ni rey, ni youtuber alienado que valga. Pensar en reivindicar la Corona de Aragón nos parece impugnar todo, para construir otro tipo de solidaridades. Pero muchas veces parece una posverdad impostada o tal vez una fake news que se vuelve pesadilla cuando el espejo deforme de la realidad atormenta a los pueblos que la constituyeron.

«Monzón fue lugar habitual de Cortes de todos los países que la componían y esta Feria sería, desde la cultura, un guiño a esos encuentros políticos que forman parte de nuestra historia. La idea es volver a ser lugar de encuentro», «queremos que estos días se trate de la importancia histórica de ésta, de cómo se pudo mantener un ente único conservando, en cada país, sus peculiaridades políticas, administrativas y culturales». Chorche Paniello formaba parte del equipo organizador de la Feria del Libro Aragonés (Siete de Aragón, número 349-350, 12-25 noviembre 2001) y en esta entrevista, justificaba la idea de montar un Salón d’o Libro d’a Corona d’Aragón. Y así fue.

Ha llovido mucho desde que los organizadores de la Feria planteaban esta especie de concordia territorial entre valencianos, baleáricos, catalanes y aragoneses. Duró poco pero hizo realidad viejos sueños. Eso es así. Por solidaridad y empatía.

Hace poco leía una afirmación que me dejó bastante perplejo, la escritora y activista Teresa Pàmies planteaba: «debo admitir que los catalanes somos unos ignorantes de la realidad de otros pueblos de España, y sin embargo nos quejamos de que ellos ignoren la nuestra» (recogido en Fernández Clemente, Eloy (2014): Ante Cataluña, p. 55). Esta opinión fue escrita en 1979. En redes la polarización ha crecido, y aun siendo conscientes que el común de los mortales no percibe ese odio, yo tengo la sensación de que las distancias nos matan. «Aragón es Castilla», «Catalanes, golpistas y sediciosos», «Valencianos, corruptos». De todo y para todos. Por ser fino. La autonomización de nuestras realidades ha condicionado mucho las perspectivas que podamos tener sobre realidades históricas o proyectos comunes que no encajan ni con el Estado-nación español (central y jerárquico) ni con la Región-autonomía con aspiraciones legítimas, pero sesgadas en un esfuerzo por reconocer lo propio a partir de diferenciarse del vecino.

El caso es que la Corona de Aragón ya no existe. Ni existirá. Es Historia. Tal y como certifica Norman Davies (Reinos desaparecidos, 2013, pp. 263-264), planteando que es un fantasma historiográfico, perdido en la construcción de los relatos estato-nacionales del XIX. La gente sólo recuerda lo que le enseñan o lo que le interesa, y esta batalla ha sido rotundamente perdida por la vieja Corona. Ahora tenemos historias autonómicas, locales que hacen que la plurinacionalidad emparente mal con las ideas que se han desarrollado en la península Ibérica. Por no hablar de las hordas de la Una, Grande y Libre, pero ese pastel deberíamos degustarlo en otro artículo.

Los Congresos de Historia de la Corona de Aragón han sido una buena muestra de este continuum, aunque sean reuniones científicas, ya que se organizan desde 1908. La memoria colectiva que siempre ha estado ahí, latiendo por algo en común, el deseo de lo prohibido y diferente. Como en 1932, cuando el Centre de Actuació Valencianista apelaba a la gloriosa «Confederació Valenciano-Catalano-Aragonesa», en una de sus memorias de actividades (gracias a Vincent Baydal). La compleja articulación política de la Corona de Aragón medieval -una especie de Commonwealth, tal y como la describió Joan Reglà- desarrolló una cultura federalizante. Una mentalidad que se mantuvo en el tiempo, más allá de su desaparición como estructura de poder político. No es casualidad el fuerte peso del federalismo en los países que conformaron la antigua corona -Pacto de Tortosa, austracistas-, la importancia del republicanismo o la pluralidad política que han desarrollado todas las Comunidades Autónomas enmarcadas en esta pesadilla cuatribarrada. Nos han querido vender una historia cuarteada de España y sus regiones, cuando la historiografía comparada nos muestra que la linealidad y el presentismo llevan a falsos amigos (recomiendo a Ernest Belenguer y La Corona de Aragón en la monarquía hispánica: del apogeo del siglo XV a la crisis del XVII. 2001).

Este anhelo solidario nos lleva a grupos de Facebook que potencian la hermandad entre personas de los antiguos países de la Corona de Aragón (Corona Aragonvm), a encontrar de vez en cuando mapas con léxico común -el famoso olivas contra aceitunas-, a jugar a ligas imaginarias de los equipos de la antigua Corona o a visualizar recorridos de la Vuelta Ciclista a España un tanto distópicos.

Al final nos queda la guerra de banderas, entre unos y otros. Aragón quedó fagocitado económicamente durante el siglo XIX. Las oligarquías locales cerraron muchas puertas. El despegue catalán viene de esa época, el eje social, la lucha de clases y la ruptura de la famosa complementariedad de bienes y servicios. Luego tenemos el relato cultural de los Països y el rechazo posterior; La Llitera es el ejemplo perfecto de incomprensión histórica. Y eso que la necesidad genera fraternidad. En tiempos pasados, el entrismo catalanista operó con cierta vivacidad, aprovechando un desarrollo autonómico que ofrecía servicios y oportunidades a este territorio. La miopía de la DGA también ayudó. El procés y la vuelta a la «Catalunya endins» ha reforzado las identidades hegemónicas a uno y otro lado. La practicidad manda. Lo normal.

Ahora ya no cuela tanto y las pretensiones de los Països Catalans (aquí la última polémica de Moviment Franjolí) aparecen obsoletas. Pierre Vilar lo expone con una vehemencia absoluta, ya que la frontera catalano-aragonesa, sus límites «plantean un problema histórico-geográfico de los más confusos. Aquí la naturaleza no impone nada, no sugiere nada. La historia parece favorable a una fusión desde el siglo XII» (en Cataluña en la España Moderna, 1962), pero su significado se conserva con una definición marcada, moviendo pasiones entre diferentes sectores y sectas. Por no hablar de Valencia. O el campo de minas lingüístico que representa La Ribagorça. Posverdad o fake news… ahí queda la «Corona de Aragón».

Un fantasma recorre Españita, casi no asusta, mayor y cansado, pero sigue ahí, para recordarnos que el futuro puede ser lo que queramos soñar y construir.

Ayuso lee a Bourdieu

«Madrid no es ni Huesca ni Teruel, es mucho más». Esto dijo ayer mismo la presidente de la Comunidad de Madrid, cuando era entrevistada en una cadena estatal. No seamos torticeras con el lenguaje. Ayuso no apela ni a racialismos ni a superioridades morales de ningún tipo. Que salga Mayte Pérez -consejera de la Presidencia del Gobierno de Aragón- a exigir que pida perdón es puro teatrillo actual. Isabel Díaz Ayuso dice la verdad.

Ayuso conoce a Pierre Bourdieu. Directa o indirectamente. Todo está en su teoría, la violencia simbólica. Madrid es el centro del Estado español, el resto son periferias o territorios más o menos asimilados. Paso de argumentar desde los tiempos de la Nueva Planta. Madrid es simbólicamente, el nacionalismo español, centralista, y que de una forma o de otra, debe hacer lo que le de la gana -como no cerrar sus fronteras aunque todas las comunidades autónomas limítrofes lo hagan-. Elige época y te darás cuenta. El pueblo madrileño es otra cosa. Y la insolidaridad de las capitales de Estado es otra (Londres o París).

Las reacciones naturales de las aragonesas responden a esa lógica, dentro de un marco territorial, cuyo simbolismo (cuando deviene en violencia) alude a injusticias, agravios, olvidos e imposiciones. Madrid, como espacio construido y reforzado en su capitalidad, vive de España. Y las políticas neoliberales y neoconservadoras se agarran a esa práctica. Y esto ya supera a Bourdieu.

Las cosas claras. Somos colonizadas para disfrute de las clases dominantes, que agitan sus banderas en función de sus privilegios de clase. Ayuso dice la verdad, es sincera. El problema vendrá con esa «madrileñofobia» que está creando y que ella no sufrirá. Como las falsas banderas que llevaron al sufrimiento de muchos soldados en las trincheras de la I Guerra Mundial.

Lo rural ha muerto; ¡viva lo rural!

En pocas semanas hará un año que asistí a la presentación del libro de Victor Guiu, Lo rural ha muerto, viva lo rural. Otro puñetero libro sobre la despoblación (editado por Dobleuve Comunicación). Os dejo mi humilde y sencilla reseña.

El mismo prólogo del libro ya nos avisa de las intenciones del autor. Aunque lo escriba Ernesto Jartillo -sociólogo y librepensador, muy cercano a Víctor-. El éxodo rural lo explica todo y lo demás es relato, un imaginario popular que se ha re-creado desde la cultura urbana. Una idealización, como tantas otras de estas sociedades líquidas, que se nos escapan de las manos, en las que la post-verdad manda más que la reflexión reposada de los procesos en el espacio y en el tiempo.

El libro parte de varios pretextos irónicos. Víctor burla desde la primera página esa pretensión de buscar el «desarrollo holístico», una quimera que va a ir machacando frase a frase. Ya saben los lugares comunes sobre lo rural y la despoblación: el desarrollo sostenible, las sinergias, la vertebración desde supuestos del mercado capitalista, etc. El pueblo como producto turístico, hecho para visitantes, propios y extraños. Lo del espacio vivido queda para poetas, locos y los sufridores cotidianos.

El autor relata a partir de las situaciones de los alumnos en la residencia de estudiantes en la que trabaja durante un curso escolar. Va desgranando una historia múltiple en función de las vidas personales de los protagonistas -Manuel, Fátima, Ainhoa, Santos, Ignacio, Nuria o Valeria-. Estos adolescentes se encuentran en la capital (de provincias) y su denominador común es variado: los problemas normales de su edad (móviles, amores, futuro, disfrute) y que todos vienen de la ruralidad. Son de pueblo.

Esos pueblos de verdad, donde se acaba la carretera. Conocemos muchos en Aragón. Víctor no concreta los lugares exactos, cierto es, que por su origen, alude al sur aragonés. Pero un lugar sin carretera de paso lo tenemos por la Celtiberia, Alto Aragón, la eterna frontera con el País Valenciano, en las Castillas. Pensemos en Aragón, con lógica, lugar de referencia del autor. Sitios a los que se «va de propio» y que son el paradigma del despoblamiento humano. Ahí están los mapicas para corroborarlo, como el 174, elaborado hace no mucho por la Red SSPA.

De los lugares comunes, uno sonríe al leer ideas y percepciones, ya sentidas en algún momento como la anécdota del pueblo al que le estaban arreglando la carretera (p. 31), pero que no la dejen perfecta sino la gente marchará. El hecho de que las autovías o la alta velocidad han provocado un efecto desestructurador, ya que los pueblos quedan apartados y aparcados. Y la gente migra más rápido. Por eso los cuadernos de quejas de algunas plataformas políticas podrían replantearse su reivindicación de megalómanos proyectos de comunicación. Pero esto es otra historia. Como el orgullo de volver al pueblo de fiestas -hace ya unos años que no lo hago, y la nostalgia me secuestra-, algo que permite ver el medio rural lleno, aunque cada vez cuesta más. Todo el libro está salpicado de estas cuestiones, que para la persona que haya vivido en la ruralidad se hacen rotundamente tangibles.

Como hemos dicho la ironía no cesa, ese es el estilo de este «bardo somarda bajoaragonés». Pero es real, como ese apelativo a «los de mantenimiento», los que se quedan en el pueblo durante el largo invierno, o entre semana. Ese «todos nos conocemos», que de obvio nos puede explotar en la cabeza, que genera confort pero otras veces puede volverse contra nosotros y traer soledad.

Lo rural como marca. El desarrollismo de siempre. Y un relato que apela a una total fake new sobre el mundo rural, con el campo como si fuera un vacío que hay que llenar y rellenar de alternativas diseñadas por y para el mundo urbano. Víctor también habla y narra sobre los emprendedores, con un punto más pesimista que optimista, ya que la Arcadia feliz no existe. Nunca ha existido. Ni en lo rural ni en lo urbano. Miren las estadísticas.

Al final el título lo dice todo, muerto lo rural, sólo quedará una suerte de híbrido urbano-rural, con lo que el medio vuelve a reinventarse. A casi todo el mundo le gustan los pueblos pero muy pocos pueden darse gusto de vivir en el mismo. Todo en sí como paradoja, «no hay de nada» y la solución es buscar el macrocentro comercial más próximo. La pandemia nos ha dado de sopetón contra un sistema, que el autor denomina, acertadamente, «globalimbecilización», sin hoja de ruta ni prioridades, un mundo lleno de caos, de ultraindividualismos.

Una mierda. Pero el libre merece la pena. Y mucho. Feliz 2021.

El aragonés y los sindicatos

Esta semana me llegó por varios sitios una noticia positiva para la lengua aragonesa, la firma de ocho convenios de colaboración con entidades sociales, sindicales y empresariales para promocionar las lenguas propias de Aragón.

Pasados los días y según valoraba esta iniciativa, de la DGA (vía Dirección General de Política Lingüística), entré en una profunda frustración, por los olvidos y la poca sensibilidad que se tiene hacia supuestos aliados estratégicos. Soy muy subjetivo cuando escribo este post -como con todos-, la objetividad no existe, ni siquiera en las ciencias. Llevo diez años afiliado a un sindicato (SOA) que desde su fundación ha hecho uso y ha promocionado nuestras lenguas propias, con una implicación de compromiso y país. En 2009 fue el promotor de la coordinadora Aragón Trilingüe, una iniciativa decisiva para que se aprobara la Ley de Lenguas. Hemos realizado talleres de aragonés, nos hemos ofrecido para seguir apoyando las ideas de la DGPL, como en «Agora x l’aragonés» -aunque no nos hicieran caso: «no era el momento»-. Y todo sin pedir nada a cambio, por defender lo legítimo.

Me dirán que lo importante es la representatividad, llegar a mucha gente y que estos convenios sirven para eso. Se trata de regalarle el aprobado a un alumno que no ha entregado ninguna tarea en todo el curso, que jamás estudia y que encima, inocentes de nosotras, aún pensamos que esto irá en provecho de un indeterminado beneficio social.

CHA, responsable de la DGPL, hace muchos años que no piensa en clave de movimiento, y eso significa gestos y actitudes. Las buenas palabras nos embelesan a todas. Espero no dudar de que UGT o CCOO, OSTA o STEA, comiencen a trabajar de verdad por el reconocimiento de los derechos culturales de todas las aragonesas. Unas más que otras. El tiempo juzgará. Pero excluir no creo que sea un camino acertado. Sobre todo, cuando el españolismo, ha adoptado la vía del victimismo hacia su lengua supremacista.

El desafío de ser autónomos

Un extraño julio, descorazonador porque el coronavirus sigue rebrotando, mientras los medios estatales se recrean con el «apocalipsis» aragonés, mostrando nombres, provincias, comarcas y localidades totalmente desubicadas. No sé si es ignorancia o desidia, pero está claro que la teoría de «Aragón, la última de las últimas en Spain», es decir «no importamos a nadie», se visualiza con estos temas. Se pueden hacer bromas o chistes. Pero ya es triste.

Mientras pasa todo esto, voy leyendo un libro que tenía pendiente hace tiempo. Del periodista Conrad Blásquiz, Aragón, de la ilusión a la decepción. ¿La autonomía en crisis?. Una crónica publicada en 2014, que rastrea en la historia de la Comunidad Autónoma de Aragón, desde 1982 hasta el gobierno de Luisa Fernanda Rudi. Un repaso rápido y sosegado a la historia de Aragón de las últimas décadas, en el que uno se da cuenta de la frustración colectiva que rodea al sueño olímpico autonómico. Y eso que el bueno de Conrad defiende con vehemencia la necesidad del autogobierno. A pesar de las circunstancias, y no es poco.

El pluralismo, la inestabilidad fruto de la ausencia de mayorías parlamentarias, el PSOE haciendo tapón, Juegos Olímpicos, Agapito y sus tejemanejes en Plaza y el Real Zaragoza, Cataluña, Pacto del Agua, la burbuja de la Expo, Gran Scala, el Rubbiatron, el Gomarcazo, la despoblación, las reformas del Estatuto, Giménez Abad… Muchas historias que contar.

El título de la obra lo dice todo. Y a pesar de que ya han pasado seis años de su publicación, parece un mundo, de hecho ahora hay 3 fuerzas políticas nuevas en el parlamento aragonés. Todas de obediencia estatal. Y alguna, con nostalgia autoritaria.

Hace no mucho escribía sobre el imaginario creado por el Aragón autonómico y la lectura de Blásquiz me reafirma. Los grandes temas en Aragón siguen sin resolverse. No somos rebeldes e importamos poco, por el tema de votos.

La gestión de una Comunidad Autónoma puede ser de mil colores, o de ninguno. Aquí entra en juego el Estado y sus transferencias infradotadas, su duplicidad administrativa, el no querer suprimir instituciones para no perder su legitimidad simbólica… la desconfianza. Sólo hay que ver cómo afronta cada ejecutivo autonómico la crisis del coronavirus: confrontando con el Estado, con sumisión, engañando y recortando servicios, buscando alternativas lógicas…, aunque la mayoría han antepuesto los intereses económicos a las personas. Pero este es otro tema.

Ser autónomo es la facultad de una persona o colectivo de obrar y hacer, con independencia, según su criterio propio, más allá de la opinión o el deseo de otros. Autonomía debería tender a soberanía. Pero en esta España invertida y de palo corto, algunas prefieren seguir pensando que desde los Ministerios y Madrid se resolverán nuestros problemas.

¿313 años igual? Y los que nos quedan… ¿no Lambán?

Hipólito y el qué dirán. Aragonesismo de confinamiento.

Artículo publicado en ARAINFO y LAGOR.

Hipólito Gómez de las Roces nunca se ha cansado de escribir sobre la necesaria unidad electoral del aragonesismo, entre CHA y PAR -cuando ambos tenían sobre un 20-25% de votos-, eso sí, con sus líneas rojas sobre el tema: sano regionalismo, la opción territorial es una ideología neutra, de centro. Su blablablá. También apuntó, que de lo contrario, ambos partidos pasarían a ser cadáveres sucursalistas del centralismo. Esto va de los años 2007, 2008… Y esa profecía al final se terminó cumpliendo una década después. En la doble tanda de las generales del año pasado, el PAR renunció a participar de la «fiesta de la democracia», mientras CHA cooptaba con el entramado errejonista de Más País.

¿Qué opinará Hipólito, de Teruel Existe? Creo que no lo verá con malos ojos, a pesar de que su partido militante ha sido uno de los principales culpables de la situación de Teruel y comarcas del sur. También hay analistas optimistas, como Edu García, que interpretan una base progresista tanto en su electorado como en sus propuestas, apelando al sentido común -gramsciano- de la gente. ¿Es esto lo que buscábamos, no? Seguimos hablando de representantes en Madrid. El ir y venir de las organizaciones aragonesistas a lo largo de su historia puede tener un referente en lo que haga Teruel Existe; quizá el romper su virginidad política pueda ser beneficioso para construir el nuevo relato, que está muy alejado de los pensamientos de Hipólito.

¿Bandera de la España vaciada ¿del Aragón despoblado? ¿desmantelado? ¿colonizado? Dependerá más de lo que dure la legislatura, un asunto algo pragmático, pero que abre una ventana de oportunidad a esta agrupación electoral siempre y cuando se cumplan algunas de las promesas pactadas o reivindicadas. El resto, es territorio conocido. Ser la voz de «X», ampliar sus posibilidades, el eje inclusión-exclusión o el doble regionalismo que postula (hacia Aragón y desde Teruel).

La idea de tener un representante en Madrid no es nueva. Aunque hay formas y formas, los casi 20.000 votos a Teruel Existe la convertían en la fuerza más votada en este territorio; en el 2000, Labordeta necesitó unos 65.000 votos (12,8%) para obtener su escaño por Zaragoza. El agarrarse al poder para que Aragón tenga un representante de sus intereses. El año 2008 fue el primero en que no hubo ningún parlamentario de un partido aragonés (de obediencia propia), desde 1977. Aquello era un aviso, y una década después se ha confirmado: el aragonesismo electoral está casi finiquitado con las formaciones políticas de siempre. Y tampoco nos hemos rasgado las vestiduras por ello.

El imaginario de estas formaciones gira alrededor de los temas de siempre. Repasemos y recordemos un poco. El Estatuto de Autonomía, un instrumento que da igual las competencias que tenga, si se recentraliza cada dos por tres. ¿Está obsoleta la reforma de 2007? Lo más importante estriba en que ha de cumplirse. ¿En cuántas ruedas de prensa Lambán no menciona la financiación? ¿Y el agua? El relato del pacto de los embalses, desarrollismo contra sostenibilidad, con la cabezonería en recrecer Yesa, entubar el Jalón para Mularroya o malvender la economía y el territorio en Biscarrués -mientras escribo esto, la justicia «tumba» este proyecto-. Un relato bien alimentado por el lobby agroalimentario de siempre, y que hace de palanca paradójica, cuando tenemos nuevas fuerzas en las cortes aragonesas que están a favor del trasvase del Ebro (Vox y Ciudadanos). Otro tema son las fronteras, somos país de acogida y de línea divisoria con el Estado francés, pero siempre estamos dando vueltas a lo mismo (el Canfranc, los gobiernos centrales y sus ninguneos) y encima con un anticatalanismo que lo estropea todo, ¿os acordáis de la Eurorregión? Y por supuesto, las infraestructuras internas, sin conexión de cercanías, con unos trenes «regionales» dignos de una mala película sobre el imperialismo británico, con la mentira del AVE y muchas carreteras estatales sin desdoblar. El paro y la precariedad no sólo forman parte del imaginario actual, siempre han estado ahí, con una Unión Europea austericida, que condiciona el autogobierno y sin un Marco Aragonés de Relaciones Laborales que nos permita decidir lo que queremos hacer en cuestiones de convenios y sectores productivos. En este breve repaso, queda el pactismo, esas sagradas coaliciones que cada vez se parecen más a extrañas nebulosas, transversales, en las que el PSOE se mueve de lujo. La foto del último gobierno autonómico lo dice todo. «Paremos a la ultraderecha», y se acabó el relato.

Con este panorama político, no nos puede extrañar que entre un 60-70% de los aragoneses se sientan tan españoles como aragoneses. Esta identidad dual, neutra, carece de conflictividad a nivel territorial. Ha ido fluctuando con el tiempo, pero parece reforzarse en los últimos años. Si vivimos en un Estado como el español, en una sociedad capitalista y consumista que no nos trata como seres autónomos a nivel colectivo, estamos siendo colonizados y esto es duro, jodido de admitir, en el Primer Mundo. Pero es así. Es lo que el sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel, llama la zona del ser y la zona del no ser, que se aplica para los denominados estudios decoloniales, centrados en criticar la colonialidad del poder y del saber anglosajón sobre Latinoamérica, África o cualquier espacio racializado. El ser te define y redefine, te clasifica y te sitúa en la línea de lo normal (España, Régimen del 78, descentralización autonómica, pactismo socio-económico), a partir de ahí jerarquiza la zona del no ser, en la que sitúa a las identidades aragonesas, no hay dualidad posible en este marco, ya que el ser significa aceptar el imaginario aragonesista de siempre, y el no ser te catapulta a la difamación pública y constante. Heraldo de Aragón ejerce perfectamente de juez y parte respecto a esta cuestión. Desgraciadamente, casi todo el aragonesismo ha jugado en el terreno del ser, sólo así se entienden las declaraciones -algo frecuentes- que realizaba José Antonio Labordeta respecto a la independencia de Aragón: «los aragoneses éramos un poco brutos, pero no tontos. Espero que ahora no nos estemos volviendo tontos» (El Periódico de Aragón, 7 de agosto de 2005). Pero esto no va de ser independentista o no, más bien de comprender que el Ser en España lleva un camino que no nos permite Ser (existir) como pueblo autónomo. Es una estrategia fallida, un imposible para el imaginario aragonesista.

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Casco antiguo de Calatayub, el ejemplo perfecto del Ser colonial normativo

Ellos tienen su verdad absoluta (el ser) y a partir de esta idea clasifican todo lo demás en términos de inferioridad y subordinación (el no-ser), lean este artículo sobre la irrupción de Teruel Existe en el Congreso. El ser (español) en su quintaesencia. Y es sólo una pequeña muestra. Ellos, el nacionalismo español, dominan la idea de civilización (supuesta, claro), con lo que esa identidad dual es una trampa, un aviso para navegantes sobre las líneas rojas que nunca hay que atravesar. Incluso para los situados en la zona del no-ser, como Puyalón de Cuchas, este marco de construcción de relato se hace duro, y ante una situación de crisis o desmovilización, se opta por un pragmatismo pedagógico que dadas las capacidades, también produce frustración. Tampoco se trata de tirar del manual antiespañolista. Se trata de construir otro imaginario, que no va de tener representantes en Madrid ni de dar vueltas a los temas de siempre.

«El qué dirán» era la frase más repetida por las feministas que lucharon a caballo del XIX y XX, ni María Domínguez ni Teresa Claramunt, tuvieron miedo en subir al estrado para decir las verdades que defendían, rompieron la zona de confort para denunciar la discriminación patriarcal sobre las mujeres. Ni Hipólito ni el PAR ni la CHA buscan construir otro imaginario. Excusas no faltarán nunca. Y autocomplacencia tampoco.

Aragón ha fallecido de éxito. Ese es el relato que nos transmiten, el del Ser. Aragón en España. Y se acabó. La Ronda de Boltaña ya cantaba allá por el 2001, en su Manifiesto de Invierno, la apelación a «¡Siete llaves al sepulcro de Costa!». En clave identitaria nos ha matado el que dirán…, las consecuencias las tenemos en esa falta de todo para ser una colectividad consciente. Podemos quemar nuestras naves y huir de las posiciones de siempre, ¿es esa nuestra tarea? Creo que no. Lo inteligente sería reconstruir desde un nuevo marco, entendiendo que no es el que hemos sustentado hasta ahora. Por miedo y comodidad, la conciencia nacional aragonesa ha dejado de latir a las velocidades del pasado.

Fijáos en esta opinión de hace casi un siglo: «he pasado por todos los movimientos aragonesistas, pero afirmo que el movimiento para triunfar, tiene que salir de los pueblos y no de las capitales» («Los precursores del aragonesismo (1978)»en Eloy Fernández Clemente (2014), Ante Cataluña), esta afirmación es de Gaspar Torrente, una figura histórica del soberanismo aragonés en clave de clase y por compromiso internacionalista. Ha pasado mucho tiempo de esa frase, el tiempo largo en historia, pero parece que vuelve con intensidad, como un guiño para este nuevo relato del que obviamente, sólo apunto reflexiones. Esto es una tarea de todas.

¿Ha de centrarse el movimiento soberanista en lo rural? ¿o llegamos tarde en esta estrategia? ¿desde dónde construimos el nuevo relato? El Ser que nos han impuesto ya vemos para qué sirve, una estrategia de dominación, en lo simbólico y en lo material, que mientras no rompamos a todos los niveles, seguirá imponiéndose sobre nuestras vidas. Defender las soberanías, que son variadas y se comunican unas con otras, apelar a la autogestión ya que no nos van a regalar nada, fracturar su relato, en el que yace secuestrado el aragonesismo clásico, de sillón y consejería. ¿Dónde se habla de la clase trabajadora? Claro, luego nos pasará como a los italianos…

Es duro aceptar que sólo con nuestra actitud se puede romper este relato. La militancia es uno de los saberes críticos que debemos aprender y reaprender. Y el reconocer a otras, como agentes afines, en igualdad de condiciones, aunque hayamos estado mucho tiempo obviando su trabajo. Y en tantas cosas, que nos debilitan por egos e historias del pasado. Estamos a tiempo de rehacer todo.

¿Cuándo se cambiaron las banderas?

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Hace ya unas semanas, me encontré este cartel por el barrio de Las Fuentes, un torneo de fútbol sala que utiliza la identidad española como reclamo. Muy sutil, pero es cierto que hace unos años hubiera sido casi imposible ver esa bandera en cualquier promoción o evento de este tipo (popular, deportivo o cultural). Entonces se usaba la bandera aragonesa. Era lo normal. Ahora, cada vez es más frecuente ver carteles como el que corona este post. ¿Cuándo se cambiaron las banderas?

Esta observación se relaciona con las identificaciones colectivas de la gente. Entre el 2005 y el 2011, los sentimientos de pertenencia que mostraba el CIS empezaron a cambiar. Para el año del 15-M, un 15% de las encuestadas se sentían «únicamente españolas», mientras que el «sentirse más aragonesa que española» ha ido a la baja, poco a poco. Y así vamos, ahogándonos poco a poco.

Que la CHA se presente con Más País refuerza todo esto. Más Errejón. Más España. Y todo se explica igual, desde el verbo desatado de Lambán hasta los que quitan unos carteles bilingües en Uesca (aplauso para la Plataforma Charramos Aragonés). Tiempos muy díficiles para los que hacemos pedagogía soberanista.

Las banderas…, esos viejos trapos. Algunos duelen, y huelen a las cadenas de siempre. ¿Volverán a cambiar las banderas?

Torno t’o PIR

He defendíu dende fa anyos o potenzial d’a cultura popular pa chenerar identidat aragonesa, y un exemplo prou vistero yera o Festival de Mosica y Cultura Pirenaíca -o PIR-. E ixo que os localismos pesan, y ye una pena per o potenzial que teneba iste evento.

PIR 2019

Feba tiempos que no puyaba ta iste chicot festival, a crisis prevocó un retalle en as programazions, anque ye zierto que antis de ixo, ya se veyeba desidia entre os organizadors. A verdat ye que tampó no me importa…, os tiempos han cambiau y agora disfrutar d’o PIR ye sozializar con chen d’o entorno que fa tiempos que no veyes u descubrir collas mosicals (Mosicaires, de Ribagorça; Alidé Sans, d’Arán…).

Con tot y con ixo, dende Esfendemos as Luengas se fa una critica prou enzertada d’a marguinazión de l’aragonés, en a suya varián chesa, d’os discursos publicos en a entrega d’o premio Truco. Os responsables locals y comarcals son d’o PSOE. O rechimen soziata leva en o poder muitas decadas y as suyas iniziativas en rilazión con a defensa d’as luengas propias son una mena de conzesions pa pillar poder.

Fuyir d’a banalidat, un vergel en tiempos difízils:

https://aragonando.wordpress.com/2008/07/04/la-aragonesofobia-del-pir/

https://aragonando.wordpress.com/2007/07/12/xenofobia-espanola-en-echo/

Á ixena

Siempre me ha llamado la atención esa voluntad férrea del mundo vasco por preservar y cohesionar su identidad. Hace unas semanas estuve por Bilbo y cayó en mis manos un sencillo folleto de promoción del euskera en el fútbol:

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Pensaba en Aragón, en las iniciativas de promoción y difusión, y se me hacía raro que SD Uesca, Real Zaragoza, Teruel y Ejea, pudieran difundir entre sus aficionados algo parecido, con diseños simples y mensajes directos, para empoderar. Traducción de los himnos, un vocabulario básico, alusiones a la rasmia o no reblar. Pero es un sueño, que en Euskal Herria llevan décadas construyendo. Aquí, no da para más, ni voluntad interna ni ganas de ser valiente (las líneas rojas: ya lo vivimos con Turistas descubriendo la realidad). Folklore sí, normalización no. Cosificar. Y todo esto tendrá su traducción directa en las urnas primaverales. Somos así. Un Ohio, ni Toscana ni soviet. Un país extraño al que le robaron el corazón…

Dedicado a todos los predicadores aragonesistas que niegan que vaya a haber una papeleta ídem en las estatales. Hay vendas gigantescas. Así nos va.   

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