Un extraño julio, descorazonador porque el coronavirus sigue rebrotando, mientras los medios estatales se recrean con el «apocalipsis» aragonés, mostrando nombres, provincias, comarcas y localidades totalmente desubicadas. No sé si es ignorancia o desidia, pero está claro que la teoría de «Aragón, la última de las últimas en Spain», es decir «no importamos a nadie», se visualiza con estos temas. Se pueden hacer bromas o chistes. Pero ya es triste.

Mientras pasa todo esto, voy leyendo un libro que tenía pendiente hace tiempo. Del periodista Conrad Blásquiz, Aragón, de la ilusión a la decepción. ¿La autonomía en crisis?. Una crónica publicada en 2014, que rastrea en la historia de la Comunidad Autónoma de Aragón, desde 1982 hasta el gobierno de Luisa Fernanda Rudi. Un repaso rápido y sosegado a la historia de Aragón de las últimas décadas, en el que uno se da cuenta de la frustración colectiva que rodea al sueño olímpico autonómico. Y eso que el bueno de Conrad defiende con vehemencia la necesidad del autogobierno. A pesar de las circunstancias, y no es poco.

El pluralismo, la inestabilidad fruto de la ausencia de mayorías parlamentarias, el PSOE haciendo tapón, Juegos Olímpicos, Agapito y sus tejemanejes en Plaza y el Real Zaragoza, Cataluña, Pacto del Agua, la burbuja de la Expo, Gran Scala, el Rubbiatron, el Gomarcazo, la despoblación, las reformas del Estatuto, Giménez Abad… Muchas historias que contar.

El título de la obra lo dice todo. Y a pesar de que ya han pasado seis años de su publicación, parece un mundo, de hecho ahora hay 3 fuerzas políticas nuevas en el parlamento aragonés. Todas de obediencia estatal. Y alguna, con nostalgia autoritaria.

Hace no mucho escribía sobre el imaginario creado por el Aragón autonómico y la lectura de Blásquiz me reafirma. Los grandes temas en Aragón siguen sin resolverse. No somos rebeldes e importamos poco, por el tema de votos.

La gestión de una Comunidad Autónoma puede ser de mil colores, o de ninguno. Aquí entra en juego el Estado y sus transferencias infradotadas, su duplicidad administrativa, el no querer suprimir instituciones para no perder su legitimidad simbólica… la desconfianza. Sólo hay que ver cómo afronta cada ejecutivo autonómico la crisis del coronavirus: confrontando con el Estado, con sumisión, engañando y recortando servicios, buscando alternativas lógicas…, aunque la mayoría han antepuesto los intereses económicos a las personas. Pero este es otro tema.

Ser autónomo es la facultad de una persona o colectivo de obrar y hacer, con independencia, según su criterio propio, más allá de la opinión o el deseo de otros. Autonomía debería tender a soberanía. Pero en esta España invertida y de palo corto, algunas prefieren seguir pensando que desde los Ministerios y Madrid se resolverán nuestros problemas.

¿313 años igual? Y los que nos quedan… ¿no Lambán?