Los resultados de las generales del pasado 28 de abril constatan y certifican el final del bipartidismo en el Estado español. Se veía venir con la fragmentación del voto conservador, quedaba por concretar como quedaba esta pugna en escaños. El PSOE resurge de sus cenizas, recuperando voto y escaños (de 85 pasa a 123), mientras que PP y Cs quedan igualados en apoyo electoral (el sorpasso cambia de escena). La irrupción de Vox (10%, 24 escaños) genera estupefacción, pero la ultraderecha sociológica siempre ha estado allí. Unidas Podemos ha perdido un millón y medio de votos (su juego de tronos a todos los niveles y las posturas ambiguas han marcado este bajón).

Para el independentismo, los comicios han reforzado sus posiciones (ERC pasa de 9 a 15 escaños, Bildu de 2 a 4); los partidos periféricos moderados suman 16 diputados (JxCAT, PNV, Compromís 2019, CCa-PNC), más las opciones regionalistas de Cantabria y Navarra. El BNG queda fuera, y asturianas, aragonesas y andaluzas también. La participación ha sido alta, pero tampoco es la leche (dos puntos porcentuales por encima de las generales de 2015).

Ha sido una campaña triste, sin programas claros, muy vacía y posmoderna. Todo el mundo más pendiente de los detalles insustanciales, las encuestas trampa y la influencia de los boots vía redes sociales de todo tipo. Un trago indigesto que había que pasar, a pesar de que el futuro es complejo y muy serio (presos políticos, desatascar el conflicto catalán, la clave de forzar a romper el régimen, avanzar en derechos y condiciones para la clase trabajadora).

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En Aragón el giro a la derecha es bastante preocupante: PP, Cs y Vox agrupan más de un 50% de los votos emitidos. Las elecciones nacionales/autonómicas serán otra historia, pero aquí hay un claro aviso a navegantes. El barranco centralista toma forma, aunque entiendo que los resultados se matizarán cuando el electorado piense más en «local». En todo caso se refuerza la tendencia a opciones centralistas, una elección que suele sentarle muy mal a nuestro viejo país.

En clave anticolonial, ya podemos digerir este nuevo escenario. Aragón se queda sin voz propia en Madrid, aunque en clave de alianzas la fórmula de Agora Republicas puede ser una buena herramienta para canalizar propuestas e iniciativas. Eso sí, la opción soberanista pura y dura de Puyalón (y aliadas) no ha pasado de mil votos, una muralla que demuestra la crisis (ya larga) del movimiento soberanista y popular aragonés. Sin excusas, aunque habrá que leer entre líneas y relacionar bien esta votación con lo que viene en unas semanas.