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La cuna del balón de fútbol moderno está en Fabara. Con sus 20 hexágonos y 12 pentágonos, ese diseño tan característico es aragonés. Un pueblo bajoaragonés, dentro del ámbito lingüístico catalán (Favara), tan propio como lo que se habla en Bielsa o en Torrelapaja. Con sus mil y pocos habitantes, conocido por ese mausoleo romano de Aemilio Lupo -el mejor conservado de Europa, ¡ojo!-, una depuradora ecológica que fue pionera en su día, y que en 2018 vive del porcino y la agroindustria (en un territorio en el que hay once tocinos por persona, tal y como nos cuenta Guayent Corral en «Chinónia», (Güesque, 1, 2018).

En la década de los ochenta cerraron las cuatro fábricas de balones de fútbol -Meseguer, Legar Millán, Sentís, Baldomero…-, la globalización arruinó un oficio historico -heredado de los musulmanes-, el de curtido de cuero, técnicas de fabricación de piezas y cosido a mano. Fueron los directivos de Adidas los que vieron la oportunidad perfecta, para fabricar balones, en plan «Domestic System», una impresionante red de trabajo que ayudaba a las economías familiares -desde Fraga a Alcañiz o Gandesa-. Al final se llevaron la producción a Marruecos y luego a Pakistán. Una pena, queda el recuerdo de las instalaciones, algún vídeo por internet y esa sensación de pérdida, de vacío, de ese peculiar tejido microindustrial que podría haber servido para vertebrar…, para generar bienes y servicios, pero que al final, llegó agonizando al Estado autonómico actual.

En este libro se cuenta esta historia tan peculiar:

Bielsa, Lola (1995): Fabara, capital del «pilotón». Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón-Caspe.