eugene christophe
Fuente / spoonful

La historia de Eugène Christophe en esos tiempos autodidactas es bella como el ciclismo y todos los relatos que genera. 1913. 9 de julio. El ganador del Tour anterior se había tenido que retirar. Etapa de Bayona a Luchon. Eugène se las promete felices, cuando corona el Aubisque es líder virtual. En el Tourmalet tiene un choque y pierde cinco minutos con el belga Thys. El incidente rompe la horquilla de su bicicleta, el abandono es casi seguro, ya que el reglamento de la época prohíbe cambiar de bicicleta. Orgulloso y herido, carga su bici sobre el hombre y desciende a pie el coloso pirenaico hasta llegar a Sainte-Marie-de-Campan. 14 kilómetros.

Entra en una fragua, vigilado por tres comisarios del Tour para que nadie le ayude. Necesita un tubo de 22 pulgadas para su bici rota, así que empieza a trabajar la pieza entre el humo y el hierro rojo siseando en el agua. Acto seguido, debe limar la pieza. Cansado, pide un trozo de pan, aún le quedan cuatro horas para poder terminar la etapa. Evitó el cierra de control pero se quedó sin el Tour aquel año -fue séptimo en la general-. Esa es su historia. Aunque tiene una anécdota más feliz, en 1919 tuvo el honor de ser el primer portador del maillot amarillo.

Un ciclismo que ya no existe. Un homenaje a los esforzados de la ruta.

He recogido y adaptado esta historia del libro Cumbres de leyenda, de Carlos Arribas y Sergi López-Egea (editado por Cultura Ciclista, segunda edición en 2016).

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