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Fuente: http://alcorazados.com/

Tocaba volver a publicar alguna pequeña reflexión. De vez en cuando nos dejamos caer por el tema fútbol y esta semana hemos presenciado el ascenso de un equipo aragonés a Primera División: la SD Huesca (o SE Uesca). Un hito histórico para un club de sus dimensiones, el cual hace dos décadas deambulaba por la Tercera División. Pero no nos detendremos en lo deportivo, sino en los aspectos identitarios.

Hay una imagen clara y contundente. La celebración de este ascenso ha aragonesizado el relato de la ciudad y su grada; de manera natural se han podido ver banderas del país, emblemas de la ciudad o la cruz de San Jorge. La exhibición de banderas españolas ha sido nula o anecdótica. No es una tontada, vivimos un momento complejo, justo cuando gente como Albert Rivera apuntalan discursos estilo Falange: «yo solo veo españoles». La grada y aficionado del Uesca exhibe aragonesidad, un oasis en un desierto complicado. El club, o sus dirigentes ya son otra cosa, poco que añadir de Petón, un adulador de Primo de Rivera, o esa decisión de rodear todo El Alcoraz de una bandera rojigualda cuando visitó el Reus al equipo azulgrana.

Este aragonesismo no se entiende sin su hinchada joven, Alcorazados, hooligans que han asentado perfectamente el antifascismo en las gradas de El Alcoraz. Luchando contra los que querían colonizar, y promoviendo una animación fresca, contra el fútbol-negocio y muy relacionada con esa aragonesidad sencilla, de orgullo.

Ahí lo dejamos, para otros quedarán los chistes sobre tractores y pueblos, dardos estúpidos, que al final reniegan y escupen sobre su propia tierra, un país de aluvión, que además se desangra desde la cotidianeidad de la despoblación. Pero esto es otro tema.