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Cuando hablamos de conciencia aludimos a un fenónemo totalmente subjetivo, ajeno a cosas o elementos tangibles. La adscripción nacional no toma valor por esos elementos objetivos (sean historia, lenguas, cultura, geografía, opresión) si no por la exigencia de un sentimiento específico de solidaridad entre los miembros de un grupo humano (idea que tomo de Max Weber). Por eso da igual lo que ponga en tu DNI, tu eliges, tu conciencia es libre (aparentemente). Y eso lo sabe todo cristo.

Por eso teorizamos sobre concienciación, nacionalización y desnacionalización. La batalla está siempre presente en los elementos objetivos -una ley de lenguas, la historia manipulada, los recursos naturales, la hacienda propia-, los cuales buscan influir sobre la conciencia del grupo. Y aquí está el drama de la españolización o aragonesización de Aragón. La lucha por combatir el relato, que dirían los posmodernos.

Y la clave es la voluntad de pertenencia. En Catalunya ya han roto hace años con este dilema, una conciencia ineludible de país que ahora lucha por su independencia, situando su conflicto en términos de represión (y desgaste) a todos los niveles.

En Aragón ese nivel de conciencia queda muy lejos. Hace un año escribía con desgana sobre nuestro Día Nacional. Doce meses después toca apuntar alto y corregir perezas mentales. Podemos sonreir un poco (Día de la Cultura Aragonesa) y ser conscientes de lo que hemos sido. Así se ganan las batallas, pasito a pasito.