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En estos días tan españolizantes conviene recordar cosas, retazos de nuestra historia, que nos han abierto al mundo sin las exclusiones y el odio de otras. Resulta que allá por la Edad Media, el linaje de los Foces se hizo poderoso, ayudando a Pedro I en la conquista de Uesca -en el 1096-. Una casa nobiliar, de los «ricoshombres» aragoneses, con posesiones y tenencias por la Plana de Uesca -San Miguel de Foces, joya gótica da testimonio de ello-. Resulta que un tal Thomás Périz de Fozes, aparece como trovador en los primeros compases del siglo XIV. Poeta en lengua provenzal, recogiendo la tradición literaria del amor cortés, de la que dejó escritos poco más de cien versos. Todo esto lo he encontrado en unos viejos papeles del «Altoaragón», como segmentos de historia local. Périz de Fozes representa ese mundo sabio y culto, cuya lengua materna era el aragonés pero eligió la koiné culta del momento para trascender en la literatura. Thomás también fue consejero de Pedro IV y administrador de la val d’Arán… Desde Aragón se le ha investigado poco. Un medievalista catalán -Martín de Riquer, senador franquista y padre del historiador Borja de Riquer- recuperó su figura para que la conozcamos hoy en día.

Dedicado a los que nos llaman cosmopaletos, sin más. El abrazar banderas para imponer la hegemonía del Estado no sirve para nada, si es un discurso vacío, sin sentido. Los aragoneses somos un pueblo viejo, culto, con muchísimas cosas que recuperar y dignificar. Periz de Fozes, al cual me lo encontré al azar, es el ejemplo perfecto. Y sólo con poco más de cien versos.