Agosto y el turismo, la gallina de los huevos de oro para la pandereta estatal. Así son las cosas y @desiertodesara lo ha explicado perfectamente en sus Tres apuntes sobre turismofobia: los turoperadores de los años 50 buscaban sitios baratos para colocar a sus clientes; la Ley del Suelo de 1956 era una barra libre para cualquier constructor; y el franquismo de apertura, ansioso de reconocimiento, generó las condiciones adecuadas.

La campaña de Arran es síntoma de algo que viene produciéndose desde hace unos años. La turistificación de determinadas urbes, las cuales quedan convertidas en parques temáticos, impidiendo la vida en determinados barrios de las mismas. En Aragón tenemos otro modelo, por ser un país de interior pero eso no quita para que haya brotes sospechosos de ser regulados y bien planificados: la polémica con el Salto de Bierge, las urbanizaciones en el Pirineo, ampliaciones de pistas de esquí, intentos de compra de patrimonio por parte de inversores privados. Es la carnavalización de todo. La punta del iceberg de un sistema, que agota esa gallina, y para el que todo vale con tal de que algunas élites (lucha de clases) sigan obteniendo beneficios.

También nos queda apostar por personalizar nuestra “marca”, Puyalón denuncia esta semana que si el turismo aragonés no potencia su identidad, corre el riesgo de perder futuros clientes. Si españolizamos nuestra oferta nos pasará como al Canfranc, cerraremos el chiringuito y se convertirá en otra cosa.

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