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Acto final del 1º de mayo en Zaragoza / Foto propia

Mi primer Día del Trabajador en Zaragoza ha sido extraño, quizá agridulce pero reconfortante a la vez. El año pasado no participé en ninguna movilización, el exilio rural me obligó a enjaularme en casa. Quizá, por eso, lo he cogido con ganas en 2017, aún sabiendo del simbolismo fetiche de una fecha que más bien sirve para poco.

El caso es que hay que acompañar, colectiva e individualmente. En este sentido, mi hueco sindical está en el SOA, pero una cosa es lo evidente y otra los compañeros de viaje que se te van acercando. Y eso que hablamos del 1 de mayo, un paseo de pancartas y cánticos.

¿Qué espera la gente? No sé. Partimos de la idea de despejar ecuaciones, en las que nunca entran ni CC.OO. ni UGT, por razones obvias. A partir de ahí se abre el melón sindical, que para organizaciones como SOA puede ser un poco indigesto. En Uesca, se ha ido, tradicionalmente, de la mano de CGT, HUSTE y CNT. En Zaragoza, la geometría varía, a pesar de que hay mínimos comunes para estar en determinadas movilizaciones. Aquí volvemos a hablar de CGT, también de OSTA o de Intersindical de Aragón. Pero la densidad organizativa capitalina también ubica al propio SOA con sindicatos considerados hermanos, como CUT o CATA.

El dilema viene cuando todo se junta, y por equis factores, se sale de manera escalonada y separada, dentro de una convocatoria. Cuando eres un sindicato pequeño pero con aspiración en todo el país, necesitas de las dinámicas de otros para visibilizarte. Cuando te conviertes en apéndice de los conflictos de empresa de otros, terminas perdiendo el norte y dando bandazos. La gente quiere ilusión y sinergias. Lo otro forma parte del pasado.