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Aviso previo: escribo este post como neohablante del aragonés, intento de escritor y ensayo de investigador. Sin más. Una opinión puramente personal.

Mi interés por la lengua aragonesa va camino de las dos décadas. 20 años es poco, de hecho el Consello d’a Fabla Aragonesa cumplirá 40 años este mes, con lo que nos hacemos a una idea de lo que pretendo explicar en este rápido post. Por esas fechas, iniciaba mis estudios universitarios en Uesca, y gracias al interés que tenía por las “cosas de Aragón” y a un entorno de amigos sensible con estos temas, me matriculé en un curso de iniciación del citado Consello.

Yo no soy filológo, tengo una licenciatura en Humanidades, ideal para saber de todo y no profundizar en nada. Mi pasión es la historia, la construcción de identidades y cuestiones relacionadas con el nacionalismo como hecho socio-cultural. El caso es que en 20 años, aprendes, lees, escuchas, empiezas a hablar…, incluso allá por el 2000, recuerdo con cariño, que tras un fin de semana entero con un hablante patrimonial concienciado -mi querido Óscar- comenzé a pensar en aragonés. Dicen los expertos, que cuando pasa esto, ya tienes un nivel medio-alto de la lengua que aprendes. Nada más lejos de la realidad, ya que a día de hoy me siento huérfano gracias a mis circunstancias y a la precaria realidad belicista de los diferentes sectores que defienden o promocionan nuestra milenaria lengua.

La pasada semana estuve como asistente en la VII Trobada d’estudios e rechiras arredol d’a luenga aragonesa e a suya literatura. La primera vez que estuve en uno de estos congresos fue en 1999, la emoción y la ilusión me embargaban. Ahora ha cambiado todo, fruto de mi casuística, pero también del frentismo asociativo, lo que algunos llaman “guerra de grafías”. He aquí mis consideraciones sobre el momento que vive la lengua aragonesa.

1) Los recursos y oportunidades de progreso económico-profesional, relacionados con la lengua aragonesa, han sido siempre escasos. Y no hablamos de la crisis y esos dos céntimos por habitante invertidos por el gobierno PP-PAR. Pocas, becas, escasas ayudas, profesorado amateur-voluntarista en las asociaciones, luchas intestinas por colocar a gente o por promocionar a determinadas personas. En Catalunya y Euskadi esto no ha pasado. La precariedad aragonesa hacia sus lenguas minoritarias genera esta situación. Un aspecto que incluso ha llegado al ámbito universitario, con el Diploma de Filología Aragonesa, y la lucha por estar, querer, controlar… mi coto de caza.

2) El sectarismo ha convertido el mundo del aragonés en un campo de minas, según a quien defiendas te abren unas puertas o te cierran otras. Hemos hecho de la “marca gráfica” una bandera, rota y descosida, que al final nos ha alejado de la realidad. En su momento, estuvimos a tiempo de dar la vuelta a la situación, pero cuando vives en una burbuja y te crees dueño de la verdad absoluta, terminas fracasando. Es evidente que hay que aprender de los errores, no hacer borrón y cuenta nueva, pero tampoco normalizar en base a fantasmas ortopédicos del pasado.

3) El sálvese quien pueda de algunos tampoco ayuda a normalizar la situación. Aprendí la lengua aragonesa como necesidad para complementar mi conciencia nacional, igual que tengo pendiente estudiar catalán. La dialectalización y localismo de nuestras gentes provoca situaciones, que a largo plazo, nos perjudicarán, ya que una cosa es salvar las hablas vivas y otra el proyectar una visión fragmentada de nuestra herencia patrimonial.

4) La inexistencia de un relato alternativo sobre Aragón tampoco ha ayudado en la normalización. Quizá esto afecte más hacia la indiferencia o beligerancia de todos los sectores que se oponen al aragonés como lengua propia, y defienden el folclorismo de las hablas o dialectos. La carencia de una teoría interpretativa de Aragón como comunidad nacional ha terminado por lastrar posiciones o intentos de colaborar con sectores muy alejados de las líneas rojas históricas. El castellanocentrismo es hispanocentrismo. A algunas se les ha olvidado con demasiada frecuencia.

y 5) La entronización de los patrimoniales nos ha llevado a tener un buen número de decepciones. No es culpa de nadie. El franquismo y otros regímenes anteriores generaron el perfecto efecto de diglosia y aculturación. O desprestigio. Todo esto está muy estudiado. La escuela, el poder o los medios de comunicación. Las grafías han alejado a algunos. Pero bien es cierto que los nativos hace tiempo que se rindieron. Con la población envejecida es imposible levantar la lengua (o los dialectos), salvando casos excepcionales. La escuela es una solución. Pero entre todas, neos, patrimoniales, castellanohablantes sensibles, catalanoparlans… Se me va la pinza, pero seguiremos reflexionando.

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