El señor Piqué hace y dice mucho para ser un hombre de fútbol, un ámbito en el que quedar bien prima por encima de la sinceridad y coherencia. Este jugador, declaradamente catalanista, y a favor de la consulta catalana, ha protagonizado una larga lista de desaires hacia el simbolismo españolista. O al menos eso dicen desde la caverna cuñadista. Ahora salta el tema por una manga recortada en la que aparecía la bandera española. Antes, por una supuesta peineta cuando sonaba el himno. Por sus gestos. Por ir a una mani para reivindicar el poder votar. Siempre hay algo. Todo esto es una muestra de la debilidad simbólica del nacionalismo español, al que solo le queda la coerción: “que no venga”. Jajajaja. El señor Piqué se ha plantado y el Mundial de 2018 será el de su retirada. Le toca por edad. Y por cansancio mental. Está claro que lo mejor es ser un hipócrita y tragar con todo. En Aragón, aún estoy esperando algún episodio de estos: ha llovido mucho desde unas declaraciones que hizo Alberto Zapater. No pasa nada porque Juanjo Camacho luzca la rojigualda con los colores del Uesca. Y aún pasa menos, o ya diez años del último partido de la selección absoluta de fútbol. Piqué y Catalunya están en otra galaxia, arrebatando hegemonía, con razón o sin ella.

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