La opinión pública española (y españolista) está feliz porque han ido brotando y rebrotan los símbolos patrióticos, en cualquier balcón puede aparecer una rojigualda ilusionando nuestros pequeños corazones. Niños y mayores lucen con orgullo los colores de la selección de fútbol. Algunos hablan sobre el redimensionamiento de los Estados-nación en tiempos de depresión económica (ver José Javier Rueda, “Símbolos patrióticos”, Heraldo de Aragón, 27/07/12). Yo prefiero hablar de cortinas de humo que ocultan la verdadera realidad: sin proyecto colectivo, con una cultura política encharcada en las ciénagas de la corrupción además de fracturas visibles de algunas naciones subestatales. Por otro lado, el Partido Popular capitaliza la ofensiva de centralizar el Estado a todos los niveles: la excusa del déficit les vale para legislar, juzgar y cuestionar. En un principio, pensé que este crack socioeconómico invisibilizaría las opciones soberanistas pero poco a poco, creo que es al revés. Nunca, en mis 34 años de vida, he presenciado semejante desprestigio de Ejpaña como proyecto estatal.

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