En la inmensa respuesta popular ante el fallecimiento de Labordeta, uno se para a pensar en este país y sus circunstancias. Es una paradoja tremenda, ya que probablemente hemos presenciado el nacimiento de un mito, algo que se veía venir pero que está alcanzando unas cotas de socialización nunca vistas en este país del aplauso difícil y el enconamiento sin pudores.

Igual que hemos encontrado la reacción banal del españolismo con su triunfo en el mundial, podemos tener ahora la posibilidad latente de «explotar» ese aragonesismo de espalda ancha que representaba Labordeta. Y esto lo expongo desde un blog de pensamiento anticolonial, siendo consciente de todo lo que conlleva. Hay un fervor mitológico, una obsesión sincera, un modelo a imitar y esto reproduce actitudes y percepciones sobre el ciudadano. Labordeta no era independentista, eso lo sabemos todas, pero su potencial identitario arrastra masas y parte de su mensaje hay que hacerlo valer (lenguas, defensa del territorio, dignidad…). Al final, lo simpático puede volverse en nuestra contra: el rey habla de José Antonio como «gran patriota». No dejemos que invadan nuestros símbolos, por más que su universalidad trascienda los rincones de este pequeño país.

Gracias Mixina: fuente de inspiración de este post.