Palabras de José Aced sobre su experiencia al llegar a Barcelona en los años veinte del siglo pasado…

Los dueños me trataban bien, aunque no tanto algunas clientas que con desprecio me llamaban castellanufo. Les corregía diciéndoles que no era castellano sino aragonés.

– ¡Ah, bueno!, los aragoneses son buena gente.

Algunas me decían:

– Los catalanes y los aragoneses somos como hermanos.

José Aced, Memorias de un aragonesista, Zaragoza, 1997, p. 23. Citado en PEIRÓ, Antonio, Miguel Alcubierre. Testimonio de la emigración y el exilio, Zaragoza, REA, 2009, p. 24.

Este extracto viene a colación de tantas y tantas palabras dedicadas a las relaciones catalano-aragonesas o aragoneso-catalanas. Sea por los bienes esos, el agua aquella, el archivo de la Corona, los agravios, las lenguas, los estatuticos y olimpiadas varias. Comentaba Purnas hace poco que el desconocimiento catalán de la realidad aragonesa es casi universal, aunque los problemas residen en cosas pequeñas, menores, y el enémigo suele tener otra centralidad (española-madrileña en este caso). Aún con todo, el subconsciente colectivo en los años veinte dejaba a los aragoneses en buen lugar, hermanos, pueblos hermanos. Lo de castellanufos lo dejamos para el cubateo de garrafón.

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