Una vez dividido el movimiento sindical [con el Pacto de la Moncloa y el pasteleo de Comisiones y UGT, allá por 1977], las huelgas generales pasaron a ser políticas: las sectoriales negociables y las de empresa por empresa no tenían como fin autogestionar la empresa sino negociar mejoras laborales. Lógicamente CCOO y UGT también defendían a los trabajadores pero con una pequeña diferencia: el interlocutor ya no era el trabajador afectado sino el compañero ejecutivo sindical. Mientras UGT hacía afiliación en los sectores de trabajadores más reformistas y, con el apoyo del PSOE y su historia de la guerra y la república, rápidamente sumaba adictos.

Vía / Peque, “Los que pegamos carteles y no fuimos ideólogos”, Zaragoza rebelde, Zaragoza, Colectivo Zaragoza Rebelde, 2009, p. 71.

Leer cuestiones como la de arriba nos hace pensar en lo que tenemos hoy en día, con esta crisis del copón y las posibilidades de superar o suplantar el actual sistema capitalista. Con un sindicalismo de medio pelo, las negociaciones de la OPEL, Magna y GM me parecen cómicas. El síndrome NIMBY imperante nos importa más. No hay unidad de los trabajadores. Y la lectura suele ser siempre la contraria: incentivemos el consumo. En vez de redistribuir los recursos, o socializar lo que ha empeorado en manos privadas. Poca conciencia y oscuros presagios. Y con el cambio climático encima de nuestras cabezas.

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