El sábado 6 vivimos un buen derby aragonés que tuvo de todo: goles, emoción, polémica, provocaciones. Lo normal en lo estrictamente deportivo. Tuve la suerte de presenciarlo en directo, con la bufanda de mi equipo, la blanquiazul del Real Zaragoza. Vivo en Uesca desde que tengo ocho añicos, nací en la capital de Aragón y siempre he sido un cheposo allá y un fato en Zaragoza. Una anécdota, porque esas cosas tampoco van más allá del mero pique. Me resigno a ser aragonés, que no es poco en los tiempos que corren, y a observar con cierto estupor la avalancha y calculada ambigüedad con que algunos medios de comunicación y estamentos cercanos a la Sociedad Deportiva (gente como Cuco Lanau en un artículo del Diario del Altoaragón el domingo 7), han ido legitimando cierto revanchismo, que deduce un cambio en los argumentos: una cosa es el deporte y otra el enfrentamiento entre ciudades. También es verdad que se ha generado cierta arrogancia desde la capital, con un tufido paternalista que es normal que se vuelva en su contra ante la primera bofetada. Pero lo normal entre aragoneses es que hace 2 años bajaras a Zaragoza y la gente estuviera contenta de que la SD jugara el ascenso con el Córdoba, o que este año se consumara el mismo ante el Écija. Como residente en la ciudad laurentina soporté como en 2002 hubo gente que celebró el descenso del Zaragoza (cohetes y cánticos en la plaza Navarra), este año pasó igual. Cada uno es libre de hacer lo que quiera (yo me alegro cuando pierde el Real Madrid), pero lo que no es de recibo es la actitud de profesionales y gente que se supone más centrada en lo que no tiene que ser odio “visceral” hacia todo lo de Zaragoza. O es euforia sana o hay una malintencionada táctica para destruir el buen rollo y la solidaridad entre los aragoneses. Lo digo claro y bien alto, localismo españolista y provincialista. Un abrazo para todas.

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