Hagamos doctrina, reflexionemos sobre cómo las principales corrientes de pensamiento han eludido el tema de la identidad. El marxismo y el liberalismo las grandes teorías políticas de los dos últimos siglos, han tratado de disolver las raíces territoriales e internacionalizarlas. En el caso del liberalismo es evidente que se trata de favorecer el mercado global, el caso del marxismo para construir una sociedad sin clases y sin fronteras. La identidad es la parte nuclear de todo nacionalismo, porque sin identidad no existe la nación. Existen procesos de formación nacional, en los que priman los modos de identificación grupal reactiva (lo que no se es) repecto a aquellos de carácter afirmativo (lo que se es). El nacionalismo es una manifestación de etnicidad politizada En el caso de la nación, su conciencia política perdura como fenomeno psicosocial, aunque por ejemplo con el transcurrir del tiempo se pierda la lengua propia.

 

Todos estos rollos teorizantes no tienen sentido tras un partido de fútbol como el Ejpaña-Italia del pasado domingo. El nacionalismo banal, cotidiano, se vuelve exultante y patriotero. Banderas, camisetas, cánticos, proclamas, sentimientos de pertenencia. El argumento del triunfo, de la victoria es un eficaz antídoto. Puesto al revés, cuando la exhuberancia (siempre rácana) es de las naciones sin Estado, aparece el pitorreo, el ninguneo y el calificativo de politización. Es lo que hay. Patriotismo del fácil. Nacionalización de las masas sin tener que forzar mucho (ya teclea el canal Cuatro los sentimientos adecuados). Siempre nos queda Rusia (como en el Eurobasket de Madrid).

Ampliar sensaciones en Selezión espanjola.

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