Suiza es un país raro, con una superficie similar a la de Aragón (41.290 km2) y muy celosos de su identidad nacional. Es el país de los referendos. Su constitución estipula consultas para ratificar tratados internacionales o modificar cualquier artículo de su carta magna. Y el derecho popular de promulgar leyes cuesta 50.000 firmas, independientemente de lo que opinen los políticos helvéticos.

Pero hablaremos de Irlanda, ya que la cosa está de consultas, ratificaciones y trapicheos varios. El pueblo irlandés rechazó con un 53,4% el nuevo texto de la Constitución europea (13 de junio). Ahí es nada. Y con todos los partidos haciendo campaña por el quiero. Salvo el Sinn Féin. La europeización de las masas no funciona. Y menos en época de vacas flacas. Encima este juguetito de los referendos es peligroso, esa es la reflexión de los bienpensantes. Es verdad, la morcilla de Burgos siempre ha picado y eso no significa que esté mala. La PPSOE europea conspira: quieren hacer un segundo referendo, que el Tratado de Lisboa se aplique para los que han dicho sí. Es lo que tiene la democracia participativa, muy bonita cuando ganas…

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