El maltrato internacional a la llama olímpica continúa su curso, allá por donde vaya, Londres, Paris o San Francisco, hay amigos solidarios con las causas del sufrido pueblo tibetano: Apagan la antorcha olímpica en París y la meten en un autobús. Otra cosa es la actitud de algunos políticos como Sarkozy, la derecha casposa e hipócrita de toda la vida, alertando con un boicot ficticio cuando él es el primero que oprime los derechos colectivos en su propia casa (de occitanos, vascos, corsos, catalanes, bretones, flamencos u alsacianos). Los intangibles de los Estados y de mucha gente que se autoproclama “internacionalista”, progres de nuevo postín. Pero centremos el tema en el Tibet y pasemos por alto a esos que gritan por la teocracia del Dalái Lama, la teoría de “guatemala” a “guatepeor”. La realidad es la que es: estos Juegos Olímpicos venían a cumplir la función de exhibición socioeconómica del Nuevo Amigo Chino. El mayor ejército del mundo, no lo olvidemos. El gobierno chino reprime, censura y quiere evitar a toda costa la politización del evento. Pues también es lógico. Como  lógica ha de ser la protesta interna en el Tibet, aprovechando la coyuntura, sean autonomistas, independentistas o simples culturalistas: el mundo debe saber de la sinización abusiva, las trampas burocráticas, o el traslado de poblaciones enteras según las arbitrarias decisiones del político de turno, o la ilegalización de la cultura tibetana. Saber para concienciar, pero no me alineen con los hipócritas oportunistas.

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