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Un Viernes Santo comenzó el martirio. Un 27 de marzo de 1970. Unos se lavaron las manos, otros se felicitaron. Un tren de mercancías compuesto de nueve vagones cargados de maíz sale de Pau con destino a Canfranc. Va tirado por dos locomotoras, como es habitual. El tren supera la estación de Lescun-Cette-Eygun y ataca una rampa de escaso desnivel. Esa mañana, como todas las de marzo hacía frío en la vertiente occitana, y la subestación eléctrica de Urdos estaba fuera de funcionamiento lo que provocaba repetidas caídas de tensión, en el tramo de mayor pendiente y dificultad de la línea. A las 6:45 horas el tren comienza a patinar sobre los raíles cubiertos de escarcha. Lo normal era echar arena desde las locomotoras pero los areneros estaban vacíos. Los dos mecánicos hacen lo que pueden, metiendo piedras bajo las ruedas para recuperar adherencia. Logran recuperar la situación, pero la subestación de Les Forges d’Abel interrumpe su fluido, el tren parte a la deriva, a más de 100 kilómetros por hora. En el punto kilométrico 280,683, en el puente de L’Estanguet, uno de los vagones choca con la estructura metálica del puente, el tren se precipita sobre el río. Amasijo de hierros. A los pocos días, las autoridades francesas ya estaban desmantelando la estación de Canfrán. La dictadura franquista calló. 38 años después, todo sigue igual. Y quedan 79 días para la Expo.

Fuente: Sergio Sánchez, “Un Viernes Santo”, Canfranc, el mito. Jaca, 2005, pp. 92-93.

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