Kosovo reúne 2 millones de habitantes en sus 10.877 km2. El 90% de su población es étnicamente albanesa, y en consecuencia, musulmana. El pasado fin de semana huvo elecciones generales y municipales. Formalmente, esta nación pertenece (jejeje) a Serbia. Ganó el PDK (Partido Democrático de Kosovo), del ex guerrillero Hashim Thaci, con un 36% de los votos. Pasando a la oposición,  la Liga Democrática de Kosovo, con un 21% de los votos. El vencedor ha hecho un llamamiento nacional ante los retos que se presentan. Unas elecciones marcadas por el llamamiento al boicot electoral, lo cual ha generado un 45% de abstenciones. Desde Serbia se hizo esta proclama, pero también desde el movimiento Vetvendosja (Autodeterminación), que apuesta por un Estado libre sin necesidad de elecciones parlamentarias.                

Kosovo es una nación peculiar. Quizá la Castilla de los Balcanes, era sede de la monarquía serbia durante la Edad Media. Este territorio fue escenario de la batalla del Campo de los Mirlos (Kosovo Polje, en 1389), una especie de Covadonga serbia. Sus reivindicaciones de autogobierno fueron una de las excusas electorales para que Slobodan Milosevic llegara al poder en 1989, instaurando un auténtico apartheid para la mayoría albano-kosovar. En 1997, la UCK (Ejército de Liberación de Kosovo) pasa a las armas. Represión, campos de concentración, bombardeo sobre Serbia. Imágenes tristemente conocidas.  

“La independencia está cerca”, afirmaba Thaci. El próximo 10 de diciembre termina el plazo para encontrar una solución entre Belgrado y Pristina. Las negociaciones han sido infructuosas hasta la fecha. Hay más respeto ante la humillación geopolítica que supondría el pasar por encima del apoyo ruso a Serbia, que la realidad misma de las cosas: Kosovo o muerte.

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