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Llevamos un verano calentito con lo que podemos denominar como Guerra de Banderas. Es lo que hay. Una sociedad tan falocéntrica como la nuestra ha de exhibir sus emblemas a la menor oportunidad. Empezamos en julio y os contaba una extraña anécdota que viví en el PIR de Echo, con unos provincialistas de Uesca y la bandera aragonesa emancipadora (Xenofobia española en Echo). Alcohol y xenofobia interna. Llegó agosto y la sentencia del Tribunal Supremo que obligaba al Gobierno Vasco a colocar la banderita colona en los edificios públicos del país atlántico (Guerra de banderas: España vs Los Otros). Con las fiestas de San Lorién llegamos al colofón identitario: el ayuntamiento coloca una altiva y siniestra bandera española en la torre de la Catedral (De banderas españolas y aragonesas). Desquiciamiento y opiniones variadas de Nagore, Solano, Gállego u SoZiaLiSTa (Una de obispos).

De esta semana nos viene bien fresquita una carta al director de Carmelo Lafuente (“Banderas en Pau”, Heraldo de Aragón, 30.09.07), que estuvo en la capital bearnesa, en “un festival occitano”, muy turístico y cultural, y percibió “una docena de altos mástiles con diversas banderas: la francesa, la estadounidense, británica, italiana, alemana… También la ikurriña”. Escandalizado cuestionaba la ausencia de la bandera española. Carmelo cree que en el sur de Francia (sic) “está ganando terreno el independentismo vasco”. Se siente dolido e ignorado como español. Supongo que tras la goleada del día 9 de agosto en Uesca aún hay un pequeño terrenito para la esperanza. Dan mucho que hablar los trozos de trapo, que dicen los falsos internacionalistas. Seguiremos informando.

 

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