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El principal problema del país es la despoblación. Pero como problema físico, que agrede de verdad tenemos el ecocidio diario sobre el territorio. La semana pasada escribíamos sobre la polémica zaragozana del azud del Ebro. Hoy nos toca el recrecimiento de Yesa, del que se han escrito millares de páginas sobre lo inútil de su ampliación, tan inútil como lo fue en su día la construcción del embalse actual (mil quinientas personas desalojadas). Los de siempre pasan de la Nueva Cultura del Agua. 15 años llevamos con el podrido Pacto del Agua. Deslizamientos. Grietas y agujeros. La CHE mira para otro lado. El Ministerio de Medio Ambiente igual. Hace poco leí la terrorífica teoría de “euros por micromuertos”, en la que el capitalismo asume el riesgo aceptable de las vidas humanas, las muertes sin más, por una catátrofe provocada por alguna intervención que dote de “supuestos beneficios” al llamado interés general. Sería como una probabilidad anual de muerte de uno en un millón. Ya pasó en Vajont (en el Piamonte occitano), por el deslizamiento de una montaña entera sobre el pantano. Dos mil muertos en 1963. Y pasan cosas: la tragedia del camping de Biescas, los deslizamientos de Espelunziecha, las misteriosas simas del AVE, el comentado azud y una crecida del Ebro. Hace un año taparon los agujeros con retroexcavadoras, ¿Qué haran ahora? No es la principal línea de argumentación a la hora de oponerse a esta obra hidráulica, aunque la ausencia de seguridad está ahí y los riesgos perversamente aceptables también. La (i)lógica del Estado vuelve a aparecer siniestramente.

 

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